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Tras esa génesis, laten en la superficie pintada el acuerdo entre un litoral deshabitado y la grieta en el interior de un cuadro de Malevich, el pacto entre maleza e insomnio, los espacios que la artista ha elevado a una jerarquía superior. No se trata sólo del vislumbre de una íntima relación –una forma de inteligencia–, sino de su nacimiento a través de la plasmación pictórica. Con una observación congenial, yo mismo he creído encontrar un detonante para su creación, que refundiría una presencia física en la inacabable tarea del arte. Como esta exposición es en Galicia, mencionaré que hay una cetárea en desuso en un recodo de la ría de Pontevedra que siempre he pensado que le atañería. Es una construcción húmeda y fecundada por una luz atlántica, contigua a un portal donde alguien se esmera en criar plantas casi a la orilla del agua.

Muchas de las búsquedas recientes de Soledad Sevilla están integradas en la naturaleza o constituidas por ella, y por eso pienso que en esa cetárea de Beluso hay una atmósfera que le motivaría. Pero si así fuera, dejaríamos atrás el lugar y nos adentraríamos en un cuadro o una instalación con una atención indivisible. Para una niña resulta sencillo ver una flor blanca como nieve y para esta artista es igualmente posible explorar el camino que lleva de las imágenes ofrecidas por los procesos naturales –por ejemplo, la migración de las grullas– al secreto expresivo de la abstracción. Pero en su caso, se trata de un trayecto consciente, donde la mirada reverbera en obras como las que cuelgan en esta exposición.

Nacho Fernández,
Madrid. Enero, 2006

(texto incluido en el catálogo de la exposición)