Las supersticiones populares de múltiples culturas asociaban los fuegos fatuos a las almas en pena o a los espíritus malignos. La manifestación de estos fenómenos se da principalmente en pantanos y cementerios, lo creó una fuerte asociación al mundo de los muertos. La explicación física del fenómeno encontraría la relación entre estas llamas erráticas de débil luminosidad y el otro mundo. La fosforescencia producida por el fosfato de calcio de las osamentas, o la combustión del metano producido durante la descomposición de los cuerpos es la realidad, aparentemente poco poética, que la química desvelaba. Mas la sabiduría popular no estaba tan equivocada al asociar estas luces a los últimos vestigios de actividad de aquellos que no hace mucho contaban con vitalidad.
Fríos parecen ser los fuegos fatuos; su fuego se encuentra alimentado de contradicciones. Una luz apagada indica su presencia y evoca unas llamas heladas. Como contraposición, el calor del fuego de la vida; estas llamas fúnebres agotan todo vestigio de vitalidad que podía quedar bajo tierra.
“E fai frío no lume” reza el título de la exposición de Lamazares, y realmente parece ser así. Una combustión de la que ya no se puede percibir calor alguno, mientras que una luz no alumbra más que para localizar la oscuridad más profunda, y un movimiento perpetuo mantiene las llamas en ninguna parte.
La elección de la ascesis como camino en la búsqueda de perfección permitiría sentir el frío en el fuego, al desprenderse de las pasiones y preocupaciones mundanas. Ya sea consciente o inconscientemente, la insensibilización que nos distancia del mundo mientras estamos en él, aparta el dolor sustituyéndolo por el vacío; quizás es una percepción que crea muertos en vida