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En sus obras subyace la memoria, la infancia, la privacidad, la melancolía, el tiempo, el fetichismo, la emoción; ordena los objetos como pedazos de memoria. Una memoria barroca que plasma la realidad tal y como la ve, con sus límites imprecisos, sus formas que salen y entran, los objetos de primer plano intrascendentes, los escorzos y las posturas violentas.

Acude a los temas religiosos, escenas de santos, mitológicas, el retrato, tanto el individual como el de grupo, resuelve las obras bajo estéticas diferentes: el tenebrismo y el eclecticismo, el choque violento de la luz contra la sombra. El fondo queda en penumbra negro, o desaparece por el brillo dorado, mientras que la escena queda en primer plano sumado a una estética decorativa efectista y teatral. Lo cotidiano y los detalles vibran en una misma superficie y por fin la exaltación, sus formas son complicadas y opulentas que respiran espiritualidad al más puro estilo de Valdés Leal.