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  Pedro Calapez - BAND
del 14 de septiembre al 19 de octubre de 2006

A primera vista, la obra de Calapez funde todas las experiencias modernistas pasadas cuando practica procedimientos lineales y pictóricos sobre una misma superficie. En pinturas/instalación como “Muro contra muro” (1994) y en la serie de contenedores de pintura (2002-2004), el artista acentúa el dibujo con el color, en un juego de opuestos que, a pesar de las composiciones, hace emerger desde el fondo del color arquitecturas, paisajes, naturalezas muertas... No es necesario recordar que estas figuraciones son pilares tanto de la historia de la pintura — Coubert y todos los otros realistas — como de la historia del dibujo — desde Piranesi a Chirico y los pintores metafísicos, profundamente lineales —. Mas para el ojo atento, el color emerge fulgurante, unas veces furioso y otras tremendamente seductor, explayándose sobre grandes superficies, hasta el punto de ocupar todo nuestro cerebro. Esto resulta especialmente evidente en las obras de la serie “Composição” (2004-2005). En estas obras, Calapez evoca la abstracción de los campos de color de Rothko, Kelly y Louis, referencias probablemente ineludibles para entender el lugar que ocupa el color en la historia de la pintura moderna. En un segundo momento, constatamos que la pintura de Calapez reúne las dos vertientes modernas, la abstracción y la figuración, en un juego simbiótico en el que no se renuncia a ninguna de las conquistas. En sus obras, los campos de color no rivalizan con el dibujo, tan sólo los refuerza cuando son puestos lado a lado o cuando aparecen compuestos en un mismo campo de acción.

La mezcla de color y dibujo le permite infinitas variaciones, estructuradas en composiciones que ocupan paredes (serie “Muro”, 1995, y serie “Lugares”, 2003/04) y suelo (“Piso zero”, 2004), combinadas por el artista por aproximaciones cromáticas en una suerte de “opticalismo” lírico y de gran hedonismo a la hora de usar la estructura del comportamiento del color. Aunque el artista esté interesado en la afirmación de la superficie del cuadro, poniendo de manifiesto la liquidez o densidad de la pintura (materia), las varias capas de color se mezclan, interpenetrándose y generando nuevos campos de color que, en su mayoría, revelan la luz y sus espacios intermitentes. “Puedo ahora iniciar los trabajos. Encerrado en el taller voy ensayando mezclas de colores. Un color para el fondo, otro para la línea que define el dibujo que deja entrever imágenes del claustro, otro color para la línea espesa que se sobrepone” (Calapez, 2002). Un riesgo calculado al dejar que la imprevisibilidad del acto de pintar se revele en el propio hacer. Se produce de este modo un lirismo orquestado, como una suite para un cuarteto de cuerdas en el que cada instrumento va entrando, uno sobre otro, color a color, hasta explotar en un cromatismo sonoro. La entrada de la tecnología ha cambiado los procedimientos, pero no la taxonomía de la mirada. Las obras ahora son combinaciones de colores distribuidos en haces, como los que componen la pantalla.